apocalipsis conyugal
  Capítulo I - Génesis: Roberto y Gilda
 

 

Me estafaron. ¿5 a 10 segundos por tanto trabajo?

Ah! pero te ofrecieron un hijo. Te ofrendaron un hijo!

Le dieron una razón a tu, de otra forma, inútil existencia...,  ¡mas allá del placer!

 

Roberto había cifrado en ella, en Mary, sus esperanzas de emprender una familia nueva, luego de la decepción sufrida por el abandono de Elba; la justificaba, tal como hacen todos los hombres enamorados, echándose a si mismo la culpa por haberla conquistado siendo Elba tan joven. Él, en sus treinta tempranos y ella apenas una adolescente algo mas que quinceañera. Pero desde el primer momento que la vio, se prendó de ella.

 

Tenía un cuerpo escultural, bien formado, si bien su cara no fuera de portada, las proporciones de su figura le parecieron desquiciantes – su boca grande y sensual, su risa cantarina, sus senos grandes  pero proporcionados, su pequeña cintura, sus caderas adornadas por unas posaderas de ensueño de esas que algunos llaman imperdonables y sus brazos y piernas bien torneados, todo acompañado de una forma de hablar suave y cautivante, ausente de groserías y vulgaridades – especialmente le llamaba la atención su forma de doblar el cuerpo al sentarse sobre sus tobillos cuando quiera que quisiera buscar algo a baja altura, lo que resaltaba su figura y demostraba la flexibilidad que ella utilizaba con furor en las sesiones de amor que compartían, todo lo cual le parecían escenas dignas de ser plasmadas en un óleo, para la eternidad. De esa apasionada visión y decisión de conquista había sido concebida Isabel, quien para ese momento inoportuna presencia, venía a desbaratar el tórrido romance que el hombre joven y la adolescente habían iniciado algunos meses atrás.

 

El embarazo trajo una sensación de desconsuelo en ambos, pero especialmente en Elba, quien no solo no lo esperaba, sino que lo detestaba. En su mente no tenía planeado pasar el resto de su vida con aquel varón, a todas luces muy experimentado pero que ella veía solo como una fuente de placer, de sustento y de aprendizaje; contrario de los sentimientos de él, que esperaba una relación duradera. Por esto Roberto no atendió a sus sugerencias de buscar una solución que interrumpiera el embarazo y entre riñas y reconciliaciones, la convenció de continuarlo hasta que ya fue demasiado tarde para intervenirlo.

 

Creyendo haberlo resuelto, despertó de aquel ensueño cuando al buscarla en la Maternidad el día después del parto solo encontró a la recién nacida abandonada. La niña, pequeña enclenque, nada atractiva para él en ese momento, solo un rollo de carne oscura y violácea, chillona y demandante, pero que al mismo tiempo que rechazaba por el abandono de su madre despertaron en él la bondad inherente de su ser y el amor de padre que todos los hombres y otros seres vivientes sanos, llevan dentro y razón por la cual, luego del pánico inicial, tienden a proteger tanto el embarazo de su amante cada vez mas desfigurada por la maternidad, como el producto de la misma.

 

Las riñas con Elba y sus desprecios constantes cuando le endilgaba epítetos dirigidos a mermar su amor propio en base a la diferencia de edades y a su potencia sexual, cosa inexistente para un hombre en sus treinta, pero que él sentía como una herida punzante y viva, habían facilitado su acercamiento a Mary; mayor que la anterior pero de muy buen ver y con una figura también atractiva, quien ya tenía dos hijos de una unión previa. Él la había conquistado ya, para el momento cuando el cuerpo de Elba perdía atractivo para él como consecuencia de la gestación. El abandono permitió que Mary utilizara todo su arsenal femenino para terminar de conquistar su atención y que llevara a la pareja a convivir y como consecuencia a la llegada de otros dos hijos.

 

Mary había acogido a Isabel como su propia hija, tal era el amor que sentía por Roberto y el cariño que despertó en ella, - mujer llena de amor maternal, - aquel cuerpecito enclenque y necesitado de atención y cariño. Pero el primer amor – tan apasionado y lleno de la firme adolescente carne de Elba -  asomaba constantemente en la mente de Roberto; el temor de un nuevo abandono no le permitía entregarse completamente a esta mujer, a pesar de nunca haber percibido la menor muestra de despego o desprecio y sí más bien atenciones a granel.

 

Su atracción por mujeres con mayor sensualidad, mas atractivas e histriónicas, mas dadas a exhibirse y a lucir como adornos al lado de él, aunado a la facilidad que su profesión le brindaba – chef de un lujoso hotel citadino - de ponerse en contacto con diversas personalidades, junto con su escasa o nula sensación de pecado al tener relaciones con cualquiera que le gustara y se dejase conquistar por él, le permitían una diversidad sexual envidiable para Casanova. Las protestas de Mary casi nunca se presentaban, o eran expresadas en forma pasivo-agresiva, al dejarle de calentar la comida que requería a altas horas de la noche cuando se presentaba o al rechazarlo en sus intentos de acercamiento sexual cuando su conquista previa no lo había satisfecho o lo había dejado para después. El pensaba entonces: "Bueno, mejor para la otra; se llevará la carga completa" y se dormía plácidamente al lado del cálido cuerpo de su mujer, quien se sentía satisfecha por el solo hecho de tenerlo cerca.

 

En las mañanas, cuando la excitación lo despertaba, él la buscaba pero ella ya no estaba a su lado, obligándolo a recursos casi olvidados desde su adolescencia o si fuera el caso, obligándolo al pensamiento y a la acción para el momento de encontrarse con aquella que lo deseaba y ansiosamente esperaba una caricia suya.  

 

 
   
 
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