apocalipsis conyugal
  Capítulo III - Licenciatura en manipulación
 

Sin informar inmediatamente de su conocimiento, de estar ahora enterada de que Gilda no era su madre biológica y muy ladinamente, Isabel comenzó su campaña de destrucción de la relación entre su padre y su ahora reconocida madrastra..

 

Mientras su padre estaba en la casa, su comportamiento era solícito y  casi perfecto. Atendía con prontitud los requerimientos de Gilda y constantemente decía a su padre y a su madre cuan agradecida estaba por su amor y cuanto amor ella les retribuía. Estudiaba más que nunca y se llevaba de maravilla con sus otros hermanos, perdonándoles cualquier desatención y ofensa. Roberto no cabía en si de orgullo y agradecía a su esposa por los años de cuidados brindados a su preciosa hija – decía. Pero cuando Roberto se marchaba, su comportamiento cambiaba sutilmente, especialmente en los días cercanos al anunciado regreso de su padre. Entonces procuraba sacar de sus casillas a Gilda con desobediencias y comportamiento descuidado, "malas contestas" y burlas sutiles, a los cuales ésta era tan sensible, hasta el punto de provocar su ira y un castigo corporal – si era con la correa, mucho mejor; y si dejaba huellas, maravilloso.

 

La llegada de su padre, constituía una fiesta de abrazos y besos salpicados de lagrimitas y mohines y "te amos" y "te quieros",  a los cuales respondía Roberto, - perceptivo de que ella quería transmitirle algo, - con inquietud y preguntas insistentes sobre lo que habría pasado durante su ausencia. Tratando de disminuir la importancia de los hechos para provocar mayor insistencia de su padre, finalmente le decía que su madre le había pegado con "el mandador", - un látigo hecho con el pene del toro, que se acostumbraba entonces a tener en las casas para imponer la disciplina, sobre todo a los hijos varones –. No importaba si el castigo había sido con la mano o con la consabida correa, pero Isabel le enseñaba con reticencia y falso pudor las piernas y nalgas marcadas, las cuales Roberto no podía evitar le recordaran las de Elba, la madre de Isabel.

 

Luego teatralmente le decía a su padre que realmente era culpa de ella puesto que se había portado mal. Este tratamiento se repetía casi cada vez que Roberto regresaba de sus cada vez ahora más cortas ausencias, manipulado como estaba por su hija, sin darse por enterado de lo premeditado de sus acciones, al mismo tiempo que aumentaban de tono sus reclamos hacia Gilda y como consecuencia las rabiosas reacciones de ésta ante las constantes desautorizaciones. Ahora perdida su autoridad por la campaña de la pequeña manipuladora quien comenzaba a ver los frutos de sus acciones, por cuanto ya su padre se había mudado de cuarto y ya dormía en el de ella.

 

Mas aún, ahora cuando le tocaba realizar un viaje prolongado, se llevaba a Isabel con él. Así fue como a la tierna edad de 12 años, Isabel comenzó a conocer hoteles de paso y hoteles de lujo, durmiendo en los mismos con su padre, dejándole conocer los pormenores de esa vida, al mismo tiempo que disfrutaba de las miradas de los varones que se deleitaban con sus cada vez mejor desarrolladas formas, las cuales ella se empeñaba en exhibir cuando su padre no la miraba, cosa que le provocaba una deliciosa sensación de satisfacción y le obligaba a buscar cómo hacerse cada vez mas atractiva, mediante el uso del maquillaje y la ropa llamativa.

 

Íntimamente disfrutaba también de la mirada entre desasosiego, desconcierto y lascivia de su padre al ver su ausencia de pudor al desnudarse delante de él, en la intimidad de la habitación que ambos compartían. Desde este momento comenzó a entender el efecto que su cuerpo provocaba en la mente masculina. Por eso, cuando necesitaba convencer a su padre de algo, se acurrucaba con él en la cama, dándose cuenta que su cercanía por lo general abultaba su pantalón o pijama en la entrepierna y esa era la señal para enfatizar sus caricias y reiterar su solicitud, casi siempre obtenida.

 

Finalmente lo logró y su padre le solicitó el divorcio a Gilda. Volvió Roberto a las andadas de la vida de soltero, la cual realmente nunca había dejado, pero antes tenía la fuerza de un hogar que le permitía poner límite a la misma. Comenzó entonces Isabel con su comportamiento realengo, de nuevo más cerca de Mary y de sus hijos, por cuanto las ocupaciones de Roberto y su dedicación a otras mujeres, no les permitían una constante supervisión sobre su hija predilecta.

 

Su hermana Mercedes quizá por cierta sensación de culpa, le facilitó que se inscribiera en un curso que vendría a alimentar aún más su narcisismo y su deseo de atraer a los varones– un curso de modelaje-.

 

Todo esto a espaldas de su padre, quien antes había manifestado, una vez que se supo que Isabel estaba enterada de quien era su verdadera madre, que no le había permitido el acercamiento a Elba "para evitar su mala influencia y la de las putas de las hermanas de ésta". Ya en la fase final del curso, para la graduación como modelo profesional el instituto le exigió la autorización de su representante, dado el hecho de tratarse de una menor de edad; tenía apenas 15 años, los cuales no fueron celebrado con la pompa correspondiente, por las dificultades económicas de Roberto quien ahora debía mantener diez hijos, incluyendo los dos ajenos de Mary, ahora cada vez mas gorda y alejada de las lides sexuales.

 

Mercedes tampoco podía fungir de representante y a Robertico, su hermano, aún si hubiera podido, jamás se atreverían a pedírselo por su carácter estricto en cuanto a la contemplación de principios de autoridad e individualidad, que él respetaba desde entonces, en vías de convertirse en el anti roll de su padre. Así que finalmente y creyendo que todavía podría aún más manipular a su padre, Isabel, respaldada por Mercedes, se armó de valor y le solicitó su autorización para graduarse de modelo.

 

La cólera de Roberto fue digna del crescendo de una obra musical, cuando todos los metales y las percusiones se funden con las cuerdas y los vientos.

 

-"No joda!…" – dijo demostrando su temor a la herencia de actitudes pecaminosas que el viera o interpretara como tales en la familia de Elba – "me empeño en alejar a mi hija de la vida licenciosa, de la vida que la pueda llevar al pecado, de la vida donde las oportunidades para que esto ocurra sean mayores; me empeño en imbuirle la idea que se dedique a una profesión universitaria…, que sea abogada…, y vos venís a decirme que le firma una autorización para hacerse modelo profesional. Váyanse todas a la mierda"…,

 

- "Y a vos", - refiriéndose a Isabel -  "te advierto que todavía sois una menor de edad y que me debéis obediencia. No quiero que seáis modelo ni ahora ni mas tarde; coño esa es la clase de amor que me tenéis" – terminó haciéndose o reconociéndose como la víctima.

 

No valieron otros intentos de manipulaciones salpicadas de fuertes abrazos y repetitivos "te amos", el hombre, su padre, estaba decidido y no firmó. Pero este fue el preámbulo para mayores sufrimientos y decepciones derivadas de su querida hija.

 

Poco tiempo después Isabel tomó la decisión de buscarse un trabajo como secretaria de médicos. Era un trabajo sencillo que al principio requería poca preparación, solo era necesario lucir bien y saber sonreír, cosa que ella manejaba perfectamente bien puesto que ella requería de la constante atención tanto de hombres como de mujeres, tanto para miradas lascivas e insinuantes como para miradas envidiosas o admirativas. Además de una u otra forma este trabajo le permitiría poner en práctica las lecciones aprendidas en la escuela de modelaje, tales como el caminar cadencioso y el constante estreno de ropa que requería el contacto diario con el público.

 

Subconscientemente o quizá más bien conscientemente, también manejaba la maquiavélica idea que algún médico se enamorara de ella o ella pudiera seducirlo.

 

Desde esa época comenzó a manejar su lema "Los hombres si son tontos" – muchas veces expresado mas tarde – refiriéndose a la forma como los varones se comportaban ante su presencia y disfrutando del tartamudeo, admiración y miradas anhelantes que le prodigaban muchos y cómo sus solicitudes, sus peticiones, sus deseos, eran prontamente atendidas por aquellos.

Cuando se presentó a solicitar trabajo, a pesar de que su cuerpo era ya el de una mujer hecha y derecha, sus facciones juveniles la delataron como quinceañera. Ya entonces había logrado inscribirse en la Universidad, conquistando la atención de un profesor que la ayudó a ingresar al primer año de Derecho, prendado de su belleza y quizá esperanzado en una futura conquista.

 

Su futuro jefe, un oftalmólogo de gran renombre y de muy seria actitud, le solicitó la autorización paterna para poder contratarla. Esta vez su padre accedió, no sin antes compartir abundantes lágrimas con ella, - muy teatrales las de ella, - sin saber que esta fue la puerta que Isabel esperaba para dejarlo definitivamente. En lugar de haberse impuesto y hasta de amenazarla con internarla en un correccional como alguna vez pensó, - nunca por su mente pasó la idea del castigo corporal sobre ese cuerpo tan parecido al de su primera amada - Roberto accedió, quizá pensando que un correccional no haría sino acelerar la entrada en conocimientos sobre una peor conducta delictiva, desprotegida del conocimiento de las leyes que desarrollaría en el futuro y que le proporcionarían el mayor grado de impunidad a sus acciones dolosas.

 

Las facilidades para alquilar una vivienda entonces eran grandes  y un sueldo de secretaria, le alcanzaba para alquilar un apartamento en una excelente zona de la ciudad, además de proveerle suficientes fondos para comprar todo lo correspondiente a su cuidado personal y su vestuario.

 

Subarrendó a otras estudiantes y así logró mantener el apartamento.

 

Cual Humber Humber novokoviano quedó Roberto al perder a su Lolita y como aquel, sus ruegos no encontraron eco en la actitud decidida de Isabel a vivir por su cuenta a los 15 años de edad. Actitud que marcaría su vida para siempre. Tampoco supo imponerse, pero internamente disfrutaba de cierto grado de alivio a ver que su hija mayor finalmente se independizaba y le aliviaba sus obligaciones económicas en el sostén de los otros hermanos de ella.

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Le preocupaba que las facilidades de la vida independiente, le permitieran una mayor libertad para emprender relaciones sexuales tempranas, si es que ya no las había tenido.

 

Finalmente Roberto se rindió ante la claridad e irreversibilidad de los hechos y solo se limitó entonces a realizar constantes llamadas para reiterarle su amor y apoyo a Isabel, con plañideras recomendaciones de buen comportamiento y que en los momentos en los cuales se veían, él no podía evitar que las lágrimas asomaran, por lo que ella aceptaba las recomendaciones y le prometía – mientras recordaba sus aventuras con su novio temporal - que no existían razones para que se preocupara. En este momento, a sus tempranos 15 años, Isabel obtuvo finalmente  su título de manipuladora.

 

 
   
 
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