apocalipsis conyugal
  Capítulo VI - Entre el recuerdo y la esperanza
 

Francisco de alguna forma intuía que algo no andaba bien en la mente de Isabel, pero su deseo por ella, adormecía su razón.

 

Con sus acciones, Isabel le estaba mostrando a su amante, - sordo y ciego a ello entonces, - los síntomas de una personalidad anormal, por sus graves dificultades en la relación con los demás.

 

Las personas  limítrofes no logran establecer relaciones verdaderas con otras. Caen en la manipulación, control y desvalorización del otro, cosa que él viviría en carne propia años mas tarde.

 

Pero fue una actuación precipitada de parte de Isabel; a Elba le importó poco, más bien nada. Elba era igual a ella. Poco apegada a condolerse de los sentimientos ajenos, mucho menos por encima de los propios. Simplemente, trató de compensar su falta juvenil y ayudar a su hija biológica, cosa que cualquier persona, por maligna que fuese, hubiera hecho. Fue energía perdida por parte de la joven en la cual ya comenzaban a notarse las marcas de la bestia en la cual se convertiría, si bien disimulando con gran estrategia su maldad oculta mediante su fingida bondad y simpatía.

 

De allí que en numerosas ocasiones posteriores le hiciera saber a cualquiera que estuviera cercana a ella, con ojos enrojecidos y voz quebrada, cómo le gustaría ver de nuevo a su madre.

 

– "Para ver si ha madurado y podamos compartir ahora que yo estoy mayor y tengo mis hijos y mi esposo" –

 

Engañando a todos, quizá incluso a si misma, cuando lo que realmente quería era restregarle a su abandonadora, lo que ella había logrado en la vida, muy a pesar de aquella; pero que luego perdería, por haber heredado su forma de ser y por haber desarrollado esa personalidad sociopática que cada vez se afianzaría más en ella.

Inmediatamente después de una actitud rabiosa, degradante y  ofensiva, era capaz de poner una cara inocente y actuar como si nada hubiese pasado. Era una habilidad aprendida desde hacía muchos años, cuando lo implementara para favorecer la separación entre su padre y Gilda.

A la persona que había ofendido como consecuencia de sus raros exabruptos temperamentales que había aprendido a controlar, era capaz de decirle las cosas agradables que ésta quería escuchar. Excepto en las ocasiones en que la verdad de su interlocutor no podía ser refutada, como en aquella ocasión, años más tarde, ya decidida la separación, cuando Francisco le dijo como la interpretaba él. Como una ser sin escrúpulos, cínica, canalla, dolosa, mala madre y mala esposa, que olía a mujer de la calle. Y en consecuencia ella le rompió el automóvil, mientras lo retaba a que la golpeara.

Aquel teatral comportamiento conciliador y aparentemente maduro,  confundía y hacía que cualquiera pensara que ella era una persona de nobles sentimientos y no la experta manipuladora en lo cual se había convertido. Sus escrúpulos se hacían cada vez más escasos y su desconfianza para con todos, la justificaba en sus conocimientos del Derecho, pero esto solo demostraba los rasgos de maquiavelismo que tenía ya afianzados en su ser.

Isabel seguía la línea narcisista que denunciaba su comportamiento aparentemente patológico y grandioso; ella fue pasando del trastorno narcisista, al  narcisismo maligno y finalmente al trastorno antisocial, modificando y achicando cada vez mas su súper yo.

Su proyección a ser esposa de un médico, fracasado a los 19 años, lo logró a los 32, gracias a su maestría, ahora casi un doctorado, en las técnicas manipuladoras. Y esto ayudado por la intransigencia de Marita, quien sin razón alguna había demandado Francisco, inmediatamente después que él le entregara el diploma de abogada, pretendiendo además despojarlo de sus bienes.


Rememorando el pasado, después de aquella primera separación, Francisco estaba deshecho por la pérdida de Isabel y quizá esto de alguna forma lo manifestaba en su casa, impidiendo una adecuada reconciliación con la madre de Daniel. Pasaría varios años, asaltado constantemente por el recuerdo de Isabel. Cuando la vio en aquella calle una tarde cualquiera, deseó detener el automóvil, saludarla, quizá darle un beso en la mejilla y sentir de nuevo por lo menos su olor. Pero se restringió, esperanzado en que su relación con Marita funcionara finalmente.

Los pleitos y maledicencias que esta última implementaba en venganza por esta sensación de minusvalía que él inadvertidamente quizá le hacía sentir, eran constantes, a pesar de la lejanía de Isabel. Esto sirvió de acicate para que el normal comportamiento infiel de Francisco se acrecentara. La colección de amores que compartía al mismo tiempo que entre pleitos y separaciones se mantenía cerca de Marita, quien lo utilizaba para su manutención, se incrementaba con los días y los meses.

 

Médicas, estudiantes universitarias, compañeras de actividad deportiva, conocidas de ocasión por sus actividades comerciales o académicas, compañeras de trabajo, continuaban formando parte de la lista de recuerdos futuros de Francisco. Algunas dejaron huellas indelebles en su corazón y en su mente. "Hacen falta dos para un tango". Y para que el recuerdo perdurara, algunas de ellas vinieron a ser modelos de sus actividades creativas, tanto en la fotografía como en la pintura.

 

Alguna se negó temiendo quizá ser reconocida por su unicidad, por su extraordinaria particularidad. Por eso no quiso realizar aquella pose de espaldas con las manos apoyadas en la pared y su pelo rubio suelto rozando sus posaderas y ocultando una constelación de estrellas en su piel. Y a la cual Francisco veía desde entonces, en toda pose similar que se encontrara.


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Su apartamento, ahora ya separado de Marita, era constantemente visitado. Bien por esperanzadas mujeres que querían formar parte de su vida, una vez distanciadas aquellas que habían impresionado sus centros sexuales primitivos y las cuales él todavía, a pesar de la variabilidad sexual que exhibía no había logrado olvidar. O bien simplemente para disfrutar de su compañía, de su conversación, de las atenciones que a todas prodigaba. Se convirtió en experto del masaje relajante y selectivamente aplicaba el mismo, solo para hacer a la escogida sentir un placer adicional, al que prodigaba con su efervescente sexualidad.

 

A pesar de haberse inmiscuido en varios problemas, entre ellos el haber sido acusado de embarazar a una de estas mujeres, el "necesitado–del-amor- idealizado-nunca-jamás-encontrado", ignoraba la vía autodestructiva que transitaba.

Justificándose con que disfrutaba por primera vez a los 44 años, su vida de soltero, que realmente nunca tuvo en su juventud.

 

Funcionaba como aquella rata del experimento, en la cual la auto estimulación eléctrica del centro del orgasmo descubierto en su cerebro por los investigadores, le hacía ignorar - hasta morir de hambre - la necesidad de comida, la cual podría haber obtenido pulsando el botón vecino.

 

Se justificaba además, diciéndose que estaba experimentando y aprendiendo a conocer la mente humana. Pero utilizando para ello vías contrapuestas a las usadas por Jesús, Buda, Ghandi y otros guías espirituales de la humanidad e invirtiendo en ello sus acervos y gananciales, guiándose a si mismo a la miseria.

 

"Un corazón destrozado reparte los pedazos".

 

Eso hacía él entonces, confundiendo sus acciones con hedonismo, sin darse cuenta que estaba a las puertas del infierno. Por  trasgredir todas las leyes. Porque todo el que repudia a su mujer y se casa con otra..., adultera (1).



1 San Lucas 16:18

 
   
 
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