apocalipsis conyugal
  Capítulo VII - La vida es corta, el arte imperecedero, la ocasión instantánea, la decisión difícil, experimentar peligroso.
 

La vida es corta, y en ocasiones no es suficiente para aprender, especialmente, si el comportamiento está marcado por la impronta de la bestia, que obliga repetir los errores.

 

A veces el aprendizaje requiere de repetición, pero la vida no es suficientemente larga para permitir la experiencia conyugal exitosa más allá de una vez.

 

De allí que sea necesario llevar la vida basada en los principios. Los principios doman de alguna forma la bestia, aplacan la impronta evolutiva.

 

Por eso algunos individuos prefieren mantener la relación primigenia, así sea insatisfactoria.  Lo cual podría ser el abono de la tragedia.

 

O prefieren evolucionar hacia una relación conyugal nuclear: la tolerancia mutua y cada quien a lo suyo. Hasta que se redescubre el amor, rara vez con la misma persona. Generalmente con otra cuando finalizan los compromisos mas demandantes..., la educación de los hijos.

  

La decisión es difícil, sobre todo cuando se tienen dudas si los problemas se derivan de las propias acciones; pero las dudas podrían ser solo la expresión de una autoestima resquebrajada.

El narcisista no duda.

 

El depredador no duda.

 

El que ama…, Ah! el que ama si que duda.

 

El que ama no puede creer que el sentimiento no sea recíproco.

 

El que ama aún cuando da la espalda, espera oír la voz de ese ser, objeto de su amor, llamándolo arrepentido, solicitando perdón, conciliador, cariñoso, como la madre que acaricia la mano y sopla la herida en la rodilla raspada por la reciente caída del niño, y coloca una bandita o mercurocromo, nunca alcohol o yodo que puedan causar escozor.

 

El que ama, cree haber terminado con el amor, pero se regresa imposibilitado como está  momentáneamente..., hasta que el luto pase..., hasta que la adicción se cure..., para amar de nuevo.

 

Por eso el que ama va y viene. Por eso el que ama no puede pensar. Por eso el que ama..., entrega todo.

 

Como intentó hacer esa entrega Francisco para Marita, pero que por sus malas acciones desvió la atención de él hacia la mas ladina, mas astuta, mas  estratega, mas calculadora, Isabel.

 

Por eso Francisco se iba y luego se reconciliaba con Marita. Esperando que en la ausencia ella hubiese madurado. Pero cada re-encuentro, una vez pasada la parte sexual, era peor que el anterior.

 

Visualiza su amor como un peluche que le entregara solícito a la persona objeto de su amor y que ésta sin compasión descuidara, deshilachara, desmembrara, como un gato sin vida, destripado, con los ojos, la lengua y los intestinos afuera, podrido y maloliente, tal cual se ven los pobres felinos en cualquiera de nuestras carreteras.

 

Años mas tarde, cuando César Augusto, el benjamín, escuchó de su padre esta comparación, al referirse como veía él la forma como Isabel trató el amor que él le entregara, se rió estrepitosamente, dando muestras de haber comprendido perfectamente el símil.

 

La ocasión es instantánea. La ocasión de decidir hasta cuando llega el momento de esperar; hasta cuando tomar la difícil decisión de ver la esperanza como algo muerto, frío, inexistente, dolorosamente pasado y que dejó de ser para convertirse en una realidad demostrada por los hechos, a veces se deja pasar, se retrasa, por no ver claramente los signos de rechazo y las intenciones de ella.  

Experimentar es peligroso. Como demuestra Francisco.

Experimentar una nueva vida con dos mujeres jóvenes, mucho más jóvenes que él, sin tomar en cuenta que el sol se oculta más temprano en el oeste que en el este de la vida.

No es lo mismo el amor que se describe entre 40 y 20 que entre 58 y 38. Está escrito: "Quien despose mujer joven, sufrirá".

Ah! cuanta falta hace el amorímetro!

 

El amorímetro, ese instrumento imaginario que mida en una escala determinada la cantidad de amor que una persona le profesa a otra.

 

Pero el amorímetro quizá si existe; son las señales que lucen obvias a los ojos de la persona que está alejada de la pasión. De la persona que mira los toros desde la barrera. La que observa el final apocalíptico de la relación conyugal por venir, pero que es imprevisto a los ojos del amante enamorado. Son las señales que vio la madre de Francisco - siempre metiche, cuestión de carácter, autoridad y amor,- al conocer a Isabel, cuando entre curiosa y rabiosa preguntaba,

 

-- "¿Y que hace una muchachita tan joven, buscando qué en un hombre tan maduro"?

 

El bienestar económico, el escalar en la clase social, el despojarlo de sus bienes; es la correcta respuesta

 

 - "Es que lo amo demasiado, es el amor de mi vida", - la respuesta lastimera que llena de calidez el corazón del hombre, ese tonto útil, quien cree que una diferencia de 20 años no es demasiada y quien creyéndose inmune a la edad y a los embates de la vejez cree que el amor  no distingue edades.

 

Y es que el pan de la mentira primero empalaga..., para luego dejar un sabor acartonado perdurable (1). Pero aquella que amontona tesoros con lengua mentirosa, solo sentirá un aliento fugaz volviendo a la pobreza (2).

 

Ah! pero eso es el amor.

 

- "Porque así como el amor os corona, así os crucifica y eventualmente os herirá con la espada que lleva escondida bajo su vistoso plumaje." (3)

 

¿Y como distinguir el amor, del interés disfrazado de amor? Muy difícil sin la extroversión.

 

Y el hombre y la mujer enamorados, disfrutan por los altos niveles de dopamina y vasopresina, de endorfinas y feromonas y de otras "sexhormonas" aún no descubiertas, que la persona amada impregna y hace descargar sobre sus centros sexuales primitivos.

 

En los roedores salvajes se ha observado que el deseo y la necesidad de estar juntos, aumenta según el número de apareamientos con la misma pareja, lo cual va aunado a una mayor secreción de la hormona vasopresina que impregna los centros sexuales del cerebro.

 

Por eso el tratamiento de indiferencia sexual que algunas mujeres aplican a sus maridos, es tan contraproducente, y finaliza empujándolo a los brazos de la otra.



(1) Proverbios 20:17

(2) Proverbios 21: 6-7; Proverbios 21:5

(3) Khalil Gibrán: El Proferta, Longseller, 2005, Buenos Aires.

 


 


 


 


 
   
 
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