apocalipsis conyugal
  Capítulo VIII - El amor..., ¿acaba?
 

Las estudiantes de derecho, comienzan desde el principio de la carrera a pensar como despojar de sus bienes a sus compañeros o esposos;  - "yo pienso como abogada" – le espetó en una ocasión Isabel a Francisco, significando que ella no amaba sino que razonaba en el despojo. Previo acoso moral.

 

La culpa es realmente del tipo de entrenamiento que reciben en las aulas. Todo el tratamiento de las leyes se percibe en base a la demanda. La terminación de los conflictos solo se concibe a través de la sentencia hasta el punto que la conciliación y el desistimiento son consideradas las formas "anormales" de terminar los conflictos, cuando en la vida real, son las formas normales de hacerlo.

 

Pero es que la conciliación y el desistimiento no le dan ganancias al ius postulandis.  Por eso la judicatura de paz avanza tan lentamente, si es que alguna vez avanza. Las abogadas se entrenan para la guerra, no para la paz. No es un ejemplo aislado, si bien no hay estadísticas al respecto.


Isabel, mas ladina, más maquiavélica, mas experimentada,  fingió estar locamente enamorada del galeno y éste en la vía  autodestructiva que había tomado, buscando una solución placentera para su vida,  creyó en este  primer canto de sirena escuchado; máxime cuando venía de la mujer de la cual permanecía prendado, que la provocaba placer, a pesar del distanciamiento ocurrido previamente y a pesar que durante ese tiempo ella había tenido tiempo de engendrar su primer hijo. Éste el cual posteriormente le endilgó a Francisco, haciéndole creer que lo concibió en aquella lejana ocasión en la cual tuvieron un encuentro fugaz. Cosa que ella no reclamara porque su amor hacia él se lo impidió – arguyó la lengua mentirosa, pero conquistadora de la mente necesitada del mito - visto su deseo de establecer un hogar con Marita.

La decisión es difícil. La decisión de dejar a Marita, debió revisarse por la información que le dio una compañera de trabajo, vecina de aquella, en cuanto a la forma como ella estaba criando a su hijo Daniel. Descuidado, en la calle del barrio donde ella vivía, el niño pasaba mucho tiempo sentado en la acera frente a la casa materna, vestido solo con su ropa interior, expuesto a un accidente automovilístico o al secuestro o a la maldad.

-"No puede ser que un hijo mío sea maltratado de esa forma" – dijo el médico.

Ese día que encontró a Marita llorando en la calle, el ignoraba que ella lo estaba esperando, sabiendo que pasaría por esa esquina.

Siempre la esquina.

Para Marita, la esquina fue siempre una cómplice para atrapar a Francisco. En una esquina la conoció cuando se dirigía al trabajo en compañía de su hermana. La vigilante. La que denunciaba sus encuentros con Isabel.

Marita, la reina de las colas y de las esquinas, no por profesión, sino por decisión. La que Isabel - quizá acordándose de alguna estrategia similar por ella misma practicada - se empeñaba en llamar "la chupi-rico", acusándola de ser esa la forma como pagaba sus viajes a su natal pueblo andino.

Ante cualquier discusión se bajaba del automóvil y llegaba al apartamento antes que Francisco; tal era su velocidad en encontrar un aventón al mismo tiempo que demostraba una fuerte carga de irrespeto y desconsideración.

Ese día regresando él de sus ejercicios, Marita se hizo presente en la esquina, el no pudo evitar notar la figura elegante, la piel rosada..., ella era toda..., toda rosada...,  recordó Francisco; recordó, no pudo evitarlo, la suavidad de esa piel rosada, de esos labios rosados, de la forma como su mano rosada  y toda lo rosa circundante en ella, acariciaban con suavidad y precisión su masculinidad, hasta dejarlo como Sansón, debilitado por Dalila al acortar su cabellera. Cabellera representada por ese alijo de animalúsculos de cola activa, que eventualmente le traerían su muñequita linda, bella, preciosa. Le traerían a Daniela. 


ein BildPelo castaño rojizo ensortijado natural que le quedaba tan bien como marco a su cara fina, de rasgos europeos que le había atraído tanto, por primera vez hacía 4 años,  - la rusa, le decían sus condiscípulos del bachillerato - y por la cual cenizas ardientes quedaban. Reforzado el atractivo por ese acento andino del Táchira que a él, - antes de la pleitina eterna, antes de convertirse en el monstruo vociferante donde sus celos la llevaron, o donde él la llevara - le parecía tan cantarín, agradable y hasta familiar, por cuanto Francisco pasó algunos años infantiles estudiando en San Cristóbal.

Recordó su piel tan suave que una vez draculíneamente le dijo que si moría antes que él, se la quitaría para hacerse un paletó y poder acariciarla mientras tanto viviera él.

Una sublimación necrofílica que le decía que la amaría hasta más allá de la vida.

Los recuerdos se agolparon, incluyendo el casette secreto que mantenía en su carro con la grabación de sus manifestaciones vocales cuando hacían el amor, el cual tenía la virtud de excitarlo hasta el punto de ebullición y no le permitían olvidarla, manteniendo su cerebro adicto a ella. Además de los vídeos que también guardó de varias sesiones amatorias que tuvo con ella y que alguna que otra vez le servían para descargar sus depósitos seminales, en las ocasiones que se encontraba distanciado de otras mujeres.

Al detenerse para saludarla vio la escena de María La Dolorosa. Ojos enrojecidos por el llanto que fluía a raudales de sus ojos tristes. Pensó que la habían asaltado en su camino de la universidad, que algo le había pasado, tan buena fue su manifestación histriónica. Desde el MonteCarlo, le preguntó que le pasaba.

Ah! "viejo maldito", manipulable, se te olvidó el maltrato. Solo vez a la princesa en dificultades. No te importa el dragón que la cuida; el dragón que la cuida no está afuera, sino dentro de ella!  ¿No lo ves? Sólo ves la dama en dificultades y tienes que ayudarla, es tu forma de ser, impregnada en tus genes o en algún programa instalado en tu disco duro cerebral.

Ofrecida la cola..., el aventón..., y naturalmente aceptada por lo esperada, en el camino, ella le cuenta los problemas por los que atraviesa. No la manda a la mierda, sin recordar que de allí apenas está él regresando obedeciendo al mandato anterior de ella. Solicita ver a su hijo y lo encuentra, durmiendo en su cuna, en el cuarto aquel donde todos los muebles que él le había dado están todavía sin arreglar. Las cucarachas caminando cerca de su cabecita, él tirado mas que acostado, allí; desnudo el niño, desnuda la cuna. 

-- "No puede ser que un hijo mío viva así". – piensa Francisco con el corazón arrugado y su súper yo desbordante.

--¿Puedes comprometerte conmigo a ayudarme si te alquilo un apartamento, para que estés mas cómoda? ¿Para que estén más cómodos ustedes dos?

-- Pienso que sí.

En la Urbanización Zapara, fue el primero de tantos, donde Francisco colocó a Marita, para que estuviese mas cómoda.

Nunca colaboró ella con nada, mas allá del placer que le proporcionaba ocasionalmente al médico, quien creía conservar el derecho de poseerla y de alguna forma esperanzado en que alguna vez ella madurara y pudieran retomar su relación conyugal.

En esa situación, nunca podría el médico encontrar un amor que la sustituyera. Los encontraba y la dependencia sexual por ella, lo arrastraba de nuevo a sus brazos, haciéndolo perder mujeres valiosas, colegas, bionalistas, enfermeras.

Mujeres más afines a su profesión, mejor educadas, más estables emocionalmente.

Particularmente aquella chilena cuya actitud madura le resultaba a Francisco tan llamativa, pero en cuya forma de amar no se podía aplicar el cóncavo y convexo que el médico aspiraba.

Ese cóncavo y convexo que encontrara con Luisa Josefina, su amor del postgrado, de quien siempre guardaba un constante recuerdo.

O en la extranjera-criolla, la del nombre eslavo, la venus de Milo con brazos, quien lo convertía en su potro zaino cada vez que hacían el amor, recordando ella quizá su entrenamiento ecuestre aprendido en la infancia.

O aquella psiquiatra, que lo llenaba de auroras cada vez y con la cual se convertían ambos en un único animal sexual bicéfalo con nueve apéndices.

Estas mujeres, él las desdeñaba por esta compañía apasionada y loca y por no dejar de nuevo sólo a Daniel con ella.

Pasó el tiempo, hasta el punto de no regreso. Hasta el punto cuando Marita, adquiridas las habilidades para la guerra de los sexos, obtenidas en la Facultad de Derecho, se posesionó del poder adicional que tenía ahora contra el médico y lo puso en práctica, sin acordarse de que en su carrera ascendente en la vida, había sido él quien siempre había estado presente, quien siempre la había ayudado, quien siempre la había respaldado y a pesar de las infidelidades a que la sometiera, quien siempre la había amado.

-- "No importa, yo lo jodo. Que se joda. Para eso tiene plata. Para eso tiene un sueldo fijo. La mitad es mío".

-- "Pero bueno Francisco. Si tú tienes un cáncer en una mano, ¿no te arrancarías el brazo para sobrevivir?" – Fue la pregunta, que al fin desesperado por las quejas del galeno, le hizo su hermano.

Esa fue su perdición, acordó éste. Esa fue la perdición definitiva de la relación simbiótica - adaptativa que se había instalado entre ellos. Marita por tanto debía salir de la vida de Francisco, definitivamente.

Irreductiblemente.

 


 

 
   
 
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