apocalipsis conyugal
  Capítulo XXII - Apareamiento anormal y divorcio.
 

Desconociendo el plan preconcebido de Isabel y aún cuando la opinión de los expertos había sido que la relación estaba fracasada, Francisco debía investigar las razones psicológicas que atacaban su vida conyugal para tratar de solventarla. 

 

En su afán de buscar una cura para la relación que todavía creía podría salvarse, en su afán de médico, en su afán de esposo y de padre de familia, en su afán de hombre enamorado y angustiado por ese amor,  investigó y descubrió una clasificación de las parejas conflictivas y quiso analizar que ocurría con la propia.

 

Y es que todos podemos soportar una enfermedad, pero el ánimo angustiado es poco menos que insoportable1. Y el daño moral es terrible. Y eso lo sabe el acosador que prepara el camino para el despojo.

 

¿Que es la pareja adaptativa?

 

¿Que es una relación simbiótica?

 

¿Qué es una pareja nuclear? 2

 

Los psicólogos, haciendo abstracción de lo animal en las personas, distanciándose de los conceptos geniales de Hesse e ignorando la multiplicidad de genes del comportamiento que influye sobre la vida de los hombres, tratan de simplificar bien para su propio beneficio, bien para los fines didácticos que sus pacientes  requieren.

 

Es innegable que esta abstracción pueda servir de base para explicar situaciones que puedan surgir eventualmente o continuamente ocurrir, entre personas que intentan o ya tienen una vida de pareja. 

PAREJA SIMBIÓTICA: En esta unión y convivencia las dos estructuras individuales se van fagocitando de manera que se pierde la identidad individual, existiendo y permaneciendo solamente la del sistema. Hay una gran dependencia de una persona con la otra; prácticamente todo lo que hace uno tiene que pasar por el beneplácito del otro y viceversa; la sensación de soledad es insoportable, no se toleran espacios vacíos, y la responsabilidad pasa a ser prácticamente compartida del todo. Por tanto llevan la dinámica cotidiana de una manera muy compartida, muy común y prácticamente son uno. Estas parejas pueden ser eternas, se acaban cuando la estructura de uno de los miembros muere, se enferma o tiene algún problema. De hecho viven conflictos muy fuertes en los duelos pues la persona que queda viva no puede soportar el dolor de la pérdida porque el proceso simbiótico hace que prácticamente el alma sea compartida. Hay un alma y dos cuerpos. La búsqueda de ayuda profesional ocurre en situaciones de duelo o en las que aparece una crisis generalmente causada por factores externos, por los satélites que forman el sistema familiar, como puede ser algún problema de los hijos. En situación extrema cuando alguno de los dos fallece o desaparece, o porque plantea el divorcio, debido generalmente a que aparece una tercera persona más fagocitante todavía que la anterior. En este tipo de personas existen más conflictos de familia que de pareja, porque al existir un núcleo tan simbiótico todo lo que hay alrededor se pierde y esto incluye a los hijos, pues no entran en el núcleo, no hay un sistema compartido. El riesgo de conflictos importantes de los hijos se debe a que no se crea un vínculo ni hay interacción, y no tienen energía o disposición para romper esta dinámica. Junto a la aparente ventaja que tiene la situación simbiótica fagocitante, en la que hay una sensación de gran contacto y comunicación, y donde el uno es para el otro total, el gran riesgo que se produce es que esa simbiosis esté basada en el dominio. Fue lo que intentó Isabel.

Es la relación de tipo sadomasoquista que se da en algunas parejas en las que se llegan a producir los malos tratos, la violencia doméstica, la sensación de completa nulidad de uno de los dos miembros.

La relación amorosa se convierte en una relación de poder donde, uno de ellos, vive un nivel de sufrimiento, soledad y dependencia, sometida por el cónyuge, y sin embargo constantemente lo justifica y mantiene la estabilidad de esa situación. Es decir, se hace cómplice porque es mayor la necesidad que tiene de su contacto y de la permanencia con él, que todo el daño que sufre. Son personas que han perdido, o les han secuestrado el alma, porque participan ocultando la realidad de esta violencia. Era lo que le pasaba a Francisco, hasta que decidió buscar ayuda profesional, desde el barranco donde lo empujó Isabel.

Generalmente uno de los dos, niega que haya un conflicto y piensa que todo se debe al estrés, al trabajo, o a la presión, y además tiene el arte de convencer y, automáticamente, de calmar la ansiedad apaciguando la sensación de cuestionamiento que temporalmente esa persona se plantea.

Por eso es tan difícil que ella salga de ese secuestro, porque se crea el síndrome de Estocolmo, es decir, participa, avala y defiende al secuestrador, se hace cómplice de él porque ha creado una situación simbiótica, ha perdido su identidad y la ha transformado en identidad de la pareja. No es nada si no está con él, no hay nadie más en el mundo que él.

Eso significa que ha habido un proceso de alteración perceptiva, cognitiva, emocional e individual previamente al matrimonio, pero que curiosamente se produce a partir de la creación del sistema de pareja. Algo les ocurre a esas personas que dentro del sistema de pareja, “enloquecen” y entran en la sensación de ceguera y dependencia mutua completa. Son las personas que promueven el dicho "El techo mata el amor", pero aún con el amor muerto, se quedan en ese infierno. Como los reos..., como los locos..., quienes no saben que hacer fuera de la cárcel o el manicomio.

Cuando se estructura una pareja, se reproducen roles, dinámicas pulsionales, de comunicación, que están condicionadas por el sistema familiar vivido con antelación, incluso, no ya solo por el sistema familiar, sino por algo más irracional, inconsciente arcaico que son los condicionantes vinculados al primer sistema de pareja: el binomio con la madre (o con el padre) pareja funcional simbiótica muy fuerte.

Lo acontecido con esta relación influye en el sentir después a las parejas posteriores; de hecho, podemos partir de la base de que precisamente las parejas simbióticas no perciben al otro o la otra como alguien real, sino que viven la imagen idealizada de la madre (o el padre). A quien buscan, con quien quieren estar, con quien sienten que están, con quien viven la compensación cotidiana de aquello que no han tenido, es con esa madre (o con ese padre). Y experimentan el anhelo, la nostalgia de ese pecho perdido, de ese contacto no tenido, de ese calor, de esa sensación de afecto, de fusión, de piel. Al mismo tiempo que pudieran llegar a sentir una sensación incestuosa subconsciente ante el contacto sexual con ese ser substituyente.

Lo acontecido con esta relación influye en el sentir después a las parejas posteriores; de hecho, podemos partir de la base de que precisamente las parejas simbióticas no perciben al otro o la otra como alguien real, sino que viven la imagen idealizada de la madre. A quien buscan, con quien quieren estar, con quien sienten que están, con quien viven la compensación cotidiana de aquello que no han tenido, es con esa madre. Y experimentan el anhelo, la nostalgia de ese pecho perdido, de ese contacto no tenido, de ese calor, de esa sensación de afecto, de fusión, de piel. Aquí vemos retratado a Francisco.

Entonces la pareja encontrada pasa a ser la imagen de esa figura y automáticamente es secuestrada por ese atrapamiento energético que convierte a la pareja en una reproducción del binomio madre-bebé, donde uno hace de madre (o padre). Esa necesidad es tan grande que cualquiera que representa esto, automática e inconscientemente se ve atrapado, pues partimos de la base -antes de Freud ya existía el concepto de inconsciente- que no solo nuestra voluntad es dueña de la realidad.

Por esto no funcionó la relación con Marita, quien buscaba un padre, mientras que su marido esperaba encontrar una solución edípica con ella. Con Isabel, en cambio,  su maldad la llevó a apoderarse del doctor, hasta la degradación y el despojo. Por esa misma razón no funcionaría la relación con Victoria, por ser ella excesivamente dependiente y poco enérgica en sus logros y planes. Aún concientizando la necesidad edípica, su esposo se sentiría asfixiado por la constante vigilancia, atenciones, demandas de atención y celos.  Victoria, quien conserva la esperanza de la unión con el galeno, pero que deja el cuidado del mismo en manos de la tía que lo acoge en su casa, lo cual acrecienta en él su incredulidad en la posibilidad de la vida de pareja, condimentada por la actitud de ella, lejana y asexuada; pero comprometedora, solicitando desde ya definiciones para la vida futura, sin acordarse de su contribución a la crisis de Francisco.

Más allá de nuestros actos y de nuestras acciones volitivas existe un condicionante del inconsciente, que es la suma de insatisfacciones, frustraciones, heridas, huellas y cicatrices, que no acaban de cerrarse, vividas previamente dentro del sistema familiar, que hacen muy grande nuestra necesidad de afecto, que si bien antes era en la periferia de la familia de crianza, ahora pasa a ser el núcleo de la pareja. En el caso de este sistema familiar, en el cual los hijos se pierden por falta de contacto con el núcleo, en el momento en que alguien entra en contacto con ellos, se fagocitan. Este tipo de crianza da origen a este tipo de pareja tan particular. Disfuncional. Idealizada desde el punto de vista del observador no versado. Pero cuyo futuro va a depender de la interdependencia mutua, no concientizada y de un equilibrio del poder que cada cual ejerza sobre el otro.

PAREJA NUCLEAR: Si en la pareja simbiótica veíamos un núcleo aquí vemos dos en el que cada uno lleva una dinámica particular, o bien con los hijos, o bien con la vida social, siempre muy amplia. Es la pareja que cohabita pero en la que no hay contacto; se pierde -si es que se tuvo alguna vez- el “estar con”, la sensación de complicidad, de enamoramiento, de participación, pero se sigue coexistiendo y podríamos decir que cada uno lleva vidas paralelas conviviendo dentro del sistema; surgen conflictos de comunicación, pulsiones, deseo, o proyectos, pero tienen mucho empeño en dar la imagen de que todo va bien. Entrar en contacto con su disociación les llevaría a la crisis inmediata, entonces intentan mantener el sistema familiar a toda costa apoyándose en él y convirtiéndolo en un objetivo de logro: la educación de los hijos, los objetivos sociales, el bienestar, etc. Para cubrir las necesidades del sistema y al tiempo las de las estructuras individuales, se mantienen esas dobles vidas. Ahí entran los y/o las amantes, las distracciones, los proyectos con otras personas y se vive una coexistencia sin núcleo, creándose pequeños subsistemas dentro del sistema familiar, como son las complicidades y simpatías entre los miembros. La relación de convivencia se convierte en una relación de intercambio de intereses, se cae en la rutina, los años van pasando alrededor de alguien a quien no deja y tampoco crea otro sistema por intereses vinculados a ideologías, economías, pulsiones. A veces son pactos verbalizados, no necesariamente es una dinámica hipócrita o cínica. Hay pulsiones muy particulares que les mantienen pero donde no hay contacto, comunicación ni proyecto; hay soledad, rutina, monotonía y vacío compartido que es lo que caracteriza a este tipo de pareja. Otro riesgo es que va creando existencialmente una sensación de descenso fuerte de autoestima y va corroyendo la identidad individual; aparte de eso, pasan los años y esos intereses que estaban manteniendo la dinámica del sistema empiezan a no ser tan palpables ni tan necesarios, o empiezan a ser más necesarios otros porque la edad también modifica la percepción y va creando cambios existenciales, por lo que las necesidades van cambiando.

Buscan ayuda psicoterapeuta con la sensación de no saber qué pasa, no estar a gusto, pelear mucho, no estar juntos. Sin embargo, cuando entran en contacto con la realidad del tiempo se dan cuenta que el conflicto viene de veinte o quince años atrás y que ya no tienen las posibilidades que hubieran tenido de crear un nuevo sistema; el pánico consigue que vuelvan a cerrarse y a seguir su vida intentando que no pase nada, es decir, no solo no quieren plantearse el cambio, sino que ni siquiera aceptan que se les nombre el fantasma de la separación. Por ese miedo no cambian su relación, pues significaría mirar al otro, la realidad de la pareja y del sistema, y si lo miran muy de cerca puede pasar que esa realidad sea irreversible porque con ese tiempo rutinario, de vacío, se ha perdido -si lo ha habido una vez- el elemento inicial que vincula a dos personas, que es el impulso amoroso. Entonces el enamoramiento pasa a ser otra fantasía, pues ha desaparecido completamente, máxime cuando por el camino ha existido algún encuentro con otra persona en el que han podido recordar lo que es estar enamorado, aunque sean dos días, pero saben que con quien están ya no existe esa posibilidad. Recordemos que la sexualidad es un espacio íntimo, no social: hay deseos y se elige cómo satisfacerlos, y una de las funciones de la pareja es ésta, por lo cual, el compartir la sexualidad fuera de la pareja significa socializar una función intimista, y esto está indicando que a nivel de núcleo hay una cierta insatisfacción o falta de identidad.

A pesar de todo, los miembros de la pareja nuclear permanecen, y cada vez es más difícil plantearse la crisis y el contacto con la realidad. Para mantener esa situación de vacío, de convivencia en la rutina, es necesario que las estructuras individuales tiendan a la evitación del contacto con la realidad, pues si no fuera así, sería imposible mantener esta situación.

Tienden a estar más en lo social, en la actividad, que en las dinámicas y necesidades internas, vitales y emocionales. Esto se proyecta al otro y lo que es un funcionamiento individual pasa a ser un funcionamiento de pareja. Con el tiempo esos intereses van creando un sistema muy rígido que a su vez va haciendo perder posibilidades individuales y el planteamiento de la crisis es mayor y más complicado. Por eso las rupturas que se crean aquí pueden darse, no por la terapia, en donde es difícil que haya una resolución, sino cuando se introduce un tercero, es decir, cuando la nueva persona tiene más posibilidades de combinar intereses que con la pareja actual. Automáticamente y de forma visceral, brusca y rápida plantea la separación y la otra persona se queda en blanco. En el fondo no hay una separación sino una modificación del sistema, es decir, se deja a uno para seguir en la misma dinámica con otro, solo que puede ser más interesante, por lo que tenga de más o de menos. En el fondo, se justifican las cosas para no sufrirlas. Si la infidelidad es posible, se practica como aliviadero de tensiones.

PAREJA ADAPTATIVA: Estas parejas son más conscientes de las crisis, porque tienen una identidad individual y conciencia de sí mismos, pero también desean una identidad de pareja. Sienten necesidad de vivir el deseo con su compañero, la comunicación, las pulsiones, la vida cotidiana. Es decir, hay una elección. Como son las que más entran en contacto con el conflicto, también entran más en crisis, aunque esto no significa que sean las parejas más críticas -porque conflictos tienen todas- pero este es el más vistoso y también el que más aparece en terapia.

La comunicación en este tipo de pareja está vinculada a lo emocional y muchas veces se relaciona con momentos de agresividad, insatisfacción y queja. Esto no es negativo ni positivo, sino una situación que a su vez nos está mostrando la realidad social que vivimos. El riesgo de la pareja adaptativa es que continuamente está en conflicto, porque tiene un nivel de comunicación en el que hay pulsiones, deseos, tareas compartidas y proyectos. En mayor o menor medida están todos los elementos que conforman una pareja y hay también una relación amorosa, pero hay estructuras con caracteres diferentes donde se proyectan automáticamente las patologías, las neurosis y cada uno tiene su propia coraza, su propia estructura y su propio fuero interno, consecuente a su vez con la historia vivida que cada cual ha ido integrando.

El trabajo puede ser un basurero clandestino en el que se descargan indirectamente las pulsiones. Y el sistema familiar es, generalmente, el que recoge el montón de basura que las personas no pueden descargar completamente allá. La descarga entonces se da mediante el conflicto y la sexualidad y así se va manteniendo el sistema. Son parejas que conviven en ese ambiente porque tienen un carácter que les lleva a tener una mayor expresión, a no conformarse con la sensación de vacío, no pueden acostumbrarse a no mantener comunicación, pero no saben tampoco cómo hacer para manejar esta, porque va más allá de ellos.

Entonces van cerrándose y creando una dinámica de incomunicación, se van aislando, dejando de participar y va dejando de haber una expresión del mundo interno de cada uno.

Esa emergencia de pulsiones puede ir a más, sobretodo mediante la agresividad, aumentando también la posibilidad de salgan fuera, hacia los hijos, los conflictos con los amigos, con el trabajo, etc.

Puede haber también una dispersión del deseo que empieza a difuminarse, con lo cual la insatisfacción y la agresividad aumentan. Por tanto, la crisis y el conflicto también, vinculados a veces a la incompatibilidad de proyectos: están juntos y sienten que no hay una continuidad, sino incompatibilidad de proyectos, y eso repercute en todo lo demás.

Si estas parejas acuden a un espacio terapéutico, tienen un pronóstico más interesante que las otras. El problema es que piensan que solos pueden resolver el problema, pero lo cierto es que cuando un sistema entra en crisis y ésta es progresiva y permanente, es común que aparezcan más defensas. Las personas se apoyan en el narcisismo y piensan que lo que dicen, piensan y ven es lo adecuado porque la autoestima o el yo está por encima del yo del otro.

Entonces es cuando la asistencia en los conflictos de pareja, la terapia de pareja, la psicoterapia es necesaria.

Entonces, a la canalización de las pulsiones y frustraciones de lo cotidiano se suma el estrés consecuencia del elemento vivido en la experiencia familiar de la infancia o el establecido por la bestia en los genes,  que se descarga sobre la persona con la que se vive y se desplaza a ella.

La pulsión es un impulso que se inicia con una excitación corporal (estado de tensión), y cuya finalidad última es precisamente la supresión de dicha tensión.

La pareja pasa a ser la figura donde se reproducen muchos de los aspectos de los roles históricos familiares, y como consecuencia de esto, pasan cosas que no entendemos si no es desde la óptica de lo inconsciente, que solo podemos ver en un espacio donde se maneje esa dinámica, donde se traduzca ese lenguaje del inconsciente. El espacio terapéutico.

Si se consigue entender cuáles son los elementos que confluyen en la cotidianidad de la pareja y que no forman parte de lo actual, a través de la asistencia a la pareja, muchas veces las dos personas empiezan a entenderse mejor porque conocen más de su inconsciente y lo interesante es que se empiezan a conocer más el uno al otro, tanto en lo cotidiano, como en aquellos aspectos que ni siquiera ellos mismos conocían, pero que al otro no le son del todo ajenos, porque, sabemos que es mucho más fácil ver la conducta y el conflicto del otro que verse a uno mismo.

Precisamente el espejo, el espacio terapéutico o el auto análisis descarnado, esquizoide, la observación y el estudio de si mismo desde un punto de vista externo, contribuirá al entendimiento del conflicto. Si todavía hay convivencia, empiezan a darse cuenta de que hay ciertas dinámicas que afectan la pareja y que provocan esos tipos de conflictos y de crisis. En algunos casos, aún cuando se haya perdido el deseo, puede seguir habiendo bienestar, comunicación, complicidad, desarrollo y crecimiento común, y es ahí cuando se plantea si ese deseo perdido se debe a algún aspecto que no se controla. De hecho, muchas veces la pareja recupera el deseo perdido, porque puede tener que ver con un problema de comunicación o de evitación de pulsiones, que la pareja se ha ido inhibiendo y reprimiendo.

En última instancia puede ocurrir que esos conflictos sean irresolubles, pues realmente hay una distancia, una diferencia, y una sensación de insatisfacción irreversible.

En este caso se asume la temporalidad de la relación, una separación amigable. En consecuencia, la separación se puede ver positivamente, como un proceso de crecimiento y desarrollo de la individualidad -en comparación con las separaciones tan destructivas, que a menudo se viven como un eje de descarga- con todas las consecuencias que pueda tener para los hijos.

Entonces la terapia de familia y, en este caso de pareja, es también un espacio de prevención de las dinámicas de aquellos que más indefensos están, que son los hijos, porque todo lo que pasa en el núcleo está repercutiendo en ellos.



1 Proverbios 18:14

2 Xavier Serrano Hortelano: Conferencia sobre Conflictos de  Parejas y Conflictos Sexuales: en la web.

 
   
 
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