apocalipsis conyugal
  Capítulo XXIX - El amante se aleja aún confundido.
 

El amante confundido ignorante de este comportamiento narcisista maligno, aún dirá, esperando infructuosamente una respuesta.

 

Qué claras se ven las cosas a distancia. Perdido en las montañas de tu cuerpo, poco podría ser capaz de ver las aristas, grietas y precipicios que a cada paso surgían amenazantes. Quise, sediento de amor, beber en tu remanso allá en tu valle que bordeaban las columnas de Eros. Tu rechazo me indicó que ese remanso que yo creía de aguas puras, limpias y cristalinas, había sido recientemente enlodado, envenenado, usurpado por la sed de otro caminante, de otro explorador, que llegó a ti, atraído por la belleza de tus picos. Tú quizá arrepentida, quisiste evitar que me contaminara, pero mi sed era demasiado intensa. En mi ceguera, yo no veía el lodo, ni el veneno. Y ni la llaga en mi boca hizo que me percatara entonces de tu maldad. Hoy, después de tantos meses, alejado de ti, de la dulce montaña de tu cuerpo, mi corazón está menos sediento, menos adicto a tu fuente, pero todavía te añora. Pero mi mente ha analizado cada eco con el cual has respondido a mis gritos de angustia otélica. Cada sonido emitido de tu garganta en respuesta a mis deseos por volver a explorar tus entrañas. Cada actitud tuya ante otros exploradores posibles o reales. Mi mente ha imaginado cuanto habrás disfrutado cada nube que se ha acercado a tus picos, preguntándose si ha sido el viento quien las ha llevado o tu misma quien las ha llamado. Y ha dudado mi mente, cada vez con mayor convencimiento, que haya sido yo pionero en explorar tu tierra virgen, de tus picos, corrientes, remansos y gargantas profundas. E inclusive ha dudado que fuera yo el único explorador durante el tiempo que pensé que solo yo te exploraba  mi montaña. Con la misma desesperación, decepción y angustia de quien pierde la fe, te he visto rodeada de otros nubarrones y exploradores, invadiendo lo que antes fue mío. Porque siendo tú una montaña imponente, atractiva, retadora e invitante, no solamente yo, montañista novato, sino cualquier otro mas experimentado, querrá conquistar tus alturas. Especialmente cuando tus faldas son de tan fácil acceso. No puedo asegurar que no te explore de nuevo alguna vez, pero mi decepción ahora es tal, que estoy decidido a quedarme aquí en el valle de mi vida, solo, vigilando como tu propio fuego interno, te haga explotar como un volcán, eliminado definitivamente todo rasgo de belleza externa que aún poseas. Y ese será tu castigo, porque solo te solazas en la belleza exterior. Y por eso mataste las bendiciones que te di, montaña. Matas el amor contraponiéndole un pseudoamor hipócrita, mentiroso, manipulador, degradante, calculador, enlodado. La lava que desprenderás al explotar, te hará poco apetecible para otros exploradores en el futuro.

 

Pero te será imposible olvidar que fui yo, explorador  novato, ingenuo y amante, quien sacó lo mejor de ti, montaña.

 
   
 
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