apocalipsis conyugal
  Capítulo XXX - El propósito de la vida.
 
La vida tiene un propósito.
Todo ser tiene algo para el otro.
Puede ser un instante o puede ser toda la vida. Puede ser un beso o puede ser la muerte. Puede ser la felicidad total o puede ser el purgatorio o el infierno, preámbulos de la depresión, el suicidio o el homicidio.
Puede ser un instante placentero y como consecuencia un hijo. Como aquel que pudo ser pero no dejamos nacer... y cuya pérdida arrancara lágrimas de tu ser..., y cuya pérdida hiciera resquebrajar el amor que entonces sintieras por la miedosa madre quien lo desechara, arrojando dudas sobre la calidad del amor hasta entonces argumentado.
De aquella que despertara la pasión arrolladora, confusión del amor y desde el fondo de cuyo vientre te imaginaste un niño lindo contemplándote, con la vida futura ardiendo en su incipiente organismo y con el solo propósito y finalidad de amarrar entonces vuestras vidas, por encima de los sinsabores y problemas que pudiera ocasionar a sus progenitores quienes una vez realizada esa vida serán entonces capaces de llorar y hasta de matar por ella.
Una vida establecida en la borrachera de la piel compartida en tantas sesiones placenteras.
Originado en ese cuerpo de mujer, nubes blancas desplegadas en los ojos entornados por el placer, colinas enhiestas en esa futura fuente de alimentos, valles aromáticos y deseados que luego darían paso a la vida.
Ese niño, bello, hermoso, con futuro que Medea destruyera ayudado por la cureta complaciente ante el miedo entonces expresado, ante la vanidad, ante el facilismo, ante la cobardía, ante la irresponsabilidad.

Contraviniendo a Cristo impedisteis que los niños vinieran a vosotros... se lo impedisteis a pesar de saber que de los tales es el reino de Dios (1).
Derivados los niños de ese potente y caudaloso río, lleno de los cabellos de Sansón, ansioso por inundar ese deseado mar. Río que se entregará a ese mar, espontáneo, amoroso, tranquilo, haciendo un gran delta de cariño perdurable, por haber sembrado en ese surco amado un grano, para evitar que ese surco fuese estéril, vano, inútil, letal.

Pero egoístamente pretendiendo ella apoderarse del río, a juro, no le quedaron sino esas pocas gotas de las aguas del recuerdo en las manos (2) mientras esa vida en ciernes se apagara..., dejando entonces el río con el cauce seco, debilitando la tierra que lo rodeara.

Por eso, la resistencia a la manipulación y al estrés se consolida y se refuerza meditando sobre el propósito de la vida. Nunca debe nadie dormirse sin haber reflexionado sobre su propósito en el mundo. Debe pensarse uno como profeta o emisario "para lo grande y para lo hermoso" (3).

Así sea como intermediario de la vida.

Y que mejor acción que dar la vida.

Que mejor acción que transmitir la vida. "Porque en verdad, es la vida la que da la vida. Y vosotros que no dais vida no sois sino testigos" (4)

La mayoría de los humanos necesitan ser reconocidos cuando dan. Y cuando dan la vida, esperan amor en retribución. Pero no todo ser viviente es capaz de dar. El dar es una ganancia evolutiva en el humano. Las bestias no dan.

Y mucho menos son todos capaces de dar amor, el cual deriva de la interacción de un conjunto de genes.

El quitar es una acción del depredador. Es una acción de la bestia. El humano que quita, que roba, tiene la marca de la bestia.

Así mismo, el humano que no agradece, así sea retribuyendo con amor lo recibido, tiene la marca de la bestia. O peor aún, ha sido aleccionado por la bestia, quien habría cambiado su espontaneidad, belleza espiritual y bondad, aleccionándolo con un nefasto programa de rechazo..., introduciendo en su mente confusión y desazón... E infelicidad. Contagiosa como un virus resistente a todo tratamiento, para cualquiera que se le acerque.

Es imposible evitar ser víctima del depredador. Probablemente nadie ha escapado de la estafa, del robo, del hurto, del engaño, de la quiebra, en fin..., de la enfermedad. Pero mientras exista la vida, la esperanza pervive.

El perdón y el olvido son el abono de la maldad, porque deja sin castigo al ofensor..., Pero anidar el rencor por largo tiempo lleva a la muerte neuronal del hipocampo y a la persistencia de emociones negativas en el ofendido. De allí la necesidad de perdonar..., o por lo menos de olvidar.

A veces el perdón hay que dejárselo a Dios, por cuanto la profundidad de la herida infligida es tal, que la cicatrización podría superar el período vital.

Hitler es imperdonable.

Nerón es imperdonable.

Medea es imperdonable.

Babilonia la grande..., la madre de las rameras y de las abominaciones de la tierra..., esa mujer ebria de la sangre de los santos y de la sangre de los mártires de Jesús..., (5) es imperdonable.

Pero pensaremos en ellos, solo cuando por algún motivo el recuerdo eclosione y nos encajaremos la uña del índice en la base de la uña del pulgar, para que el dolor auto infligido nos haga cambiar de pensamiento (6).

Entre tanto viviremos con la máxima de Mamerta:

"Lo importante es ser feliz..., mañana será otro día".

O mejor aún:

Se feliz hoy..., mañana no existe.

Ayer...se acabó.
(1) San Lucas 18:16
(2) Pedro Berroeta
(3) Simón Rodríguez
(4) Khalil Gibrán. El Dar en el Profeta. Longseller. Bs. Aires.
(5) Apocalipsis 17: 5-6
(6) Paulo Coelho: El Peregrino.
 
   
 
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