apocalipsis conyugal
  PREÁMBULO - La enredadera y la orquídea
 

 

Su automóvil, todavía con olor a nuevo, avanzaba raudo, montaña arriba, hacia su lugar de descanso semanal, lejos del ruido y las exigencias de la gran ciudad. Se sentía algo cansado después de casi tres horas de carretera, alejándose de aquella, la mujer que en cuestión de pocos años había revuelto su vida aún más, y ansioso por llegar a su casita de pueblo andino, recientemente adquirida, pero largamente visitada desde hacía mas de 30 años. Esa casita de bahareque en su infancia, había crecido desarrollándose hacia el bloque de cemento, el ladrillo y las columnas de concreto armado. Todavía inconclusa con su techo frágil, que transmitía los lamentos de la lluvia casi a diario, con un concierto que alivia el alma y guía a la contemplación y la filosofía, a la lectura tranquila, al disfrute de la música clásica y a la charla amena y sin dobleces de los pueblerinos. Al inspirado deseo de interpretar las canciones que torpemente podía él extraerle a su guitarra;


ModeloTrujillanao a pintar al óleo unos lienzos con recuerdos de bocas, senos y caderas que llenaran en su tiempo, momentos tan placenteros para si mismo. Ansioso de llegar a ella, a esa casa que cual mujer anhelante le abrazaría al llegar sin exigencias, sin preguntar sobre sus previas andanzas, solo deseosa de percibir el placer de su entrada y desplegarle los inesperados regalos que le habría traído para embellecerla, mientras la casa voceaba a través del canto de las aves y el abrazo de la neblina su agradecimiento por el recien llegado.

 

Esa vía montañosa desde Valera hasta El Alto, esos 11 kilómetros por la vía de Sabana Libre, le eran tan conocidos que ya sabía  cuantas curvas tenía.  Así como lleguó a conocer las curvas y vericuetos de aquellos cuerpos y aquellas mentes acompañantes, que ahora lo alejaban de su Maracaibo. En los últimos cuatro kilómetros, después de la segunda curva, y antes de llegar a la tercera que lleva a La Laguneta, en el trecho alargado que pasa frente a la casa de retiro de las rosminianas, lo vió.

 


La enredadera sobre el arbol yerto

Estaba seco, sin una sola hoja, sus ramas desplegadas al cielo como en señal de auxilio, mientras la enredadera arropaba su tronco alguna vez húmedo y lleno de una savia palpitante y deseosa de futuro. Cuanta alegría vegetal sentiría la primera vez que percibió la caricia de la enredadera. Cuantos planes haría en su mente de celulosa al pensar lo que sería su vida en común. Cuan deseoso de que las nubes, la neblina, llegara por las tardes, para entregarse con ella hasta avanzada la mañana siguiente, en escandaloso circunloquio amoroso, sin importarles, o más bien, sin darse cuenta de los vecinos o la cercanía de las religiosas.

 

Y se preguntaba:

 

¿Cómo serían sus hijos?

 

Y se respondía esperanzado:

 

Altos y delgados, bellos y estilizados, rozagantes e inteligentes, productivos y con futuro. ¿Qué menos podría derivarse de su amor por la enredadera?

 

Juntos, embellecerían todavía mas aquella parte de la montaña desde donde se veía desperezarse hacia los cerros la pujante Valera. Esos hijos serían frondosos, como se veían ellos mismos alguna vez al comienzo de su relación, despertando miradas de admiración y envidia en quienes los contemplaban.

 

Pero el tiempo le hizo entender a ese árbol, que la enredadera no tenía las intenciones de compartir con él en lo absoluto. Su única intención era la de nutrirse de él. Tenerlo de soporte para crecer, al mismo tiempo que le extraía hasta la última gota de savia.

 

Pobre corazón de celulosa, enamorado, con la esperanza de que ella cambiara sus intenciones y sin poder moverse, sin fuerzas para rechazarla, quizá todavía disfrutando lo que él creía aún eran caricias, y que no eran mas que manipulaciones para mantener su mente, su corazón y sus deseos entretenidos, mientras ella cumplía con sus propósitos personales.

 

En su desespero, quizá atendió a los requiebros de algún liquen o se dejó llevar por el canto de un ave o hasta disfrutara del olisqueo y la calidez emuntoria de cualquier atrevida canina.

 

Quizá mirase una orquídea posada en alguna rama vecina y deseara desesperadamente cambiarla por esta enredadera. Quizá hasta una orquídea se habría posado en su tronco, pero muriese mucho antes que él, dada su indiferencia, se enterase de su presencia.

 

Ahora luce, seco y sin vida, mientras ella, la enredadera todavía parece frondosa, a pesar de haber perdido ya el apoyo que consiguió desde quien sabe cuantos años antes.

 

Cada vez que pasaba por ese trecho alargado de la carretera, entre El Alto y Sabana Libre. Cada vez que caminaba esos cuatro kilómetros, se detenía a pensar frente a ese árbol.

 

Y le hablaba…, humanizándolo…, pensando en su propia experiencia.

 

"Qué distinto sería si en lugar de esa enredadera te hubieras conseguido una orquídea. La orquídea, también habría necesitado tu soporte, pero al contrario de la enredadera, solo te habría pedido eso, tu soporte. Se habría abrazado a tu tronco con placentera avidez, exaltando tu belleza a través de la de ella, quien nutriéndose por su propia cuenta, habría establecido contigo una verdadera relación conyugal, adaptativa, epífita, más no parásita. Cuan bella sería ahora esta parte de la montaña, llena de vuestros hijos. Cuantos otros árboles frondosos mirarían llenos de orquídeas la actividad humana allá abajo en el valle. Pero ahora estas seco, sin vida, muerto…, con los brazos levantados hacia el cielo en solicitud de ayuda o perdón. Por tu imprevisión…, por tu ceguera al enamorarte".

 

Pero, oh! justicia divina, la enredadera, ahora sin nutrición, asesinado por ella misma su soporte, comienza a deteriorarse, todavía frondosa en la parte alta, sus raíces comienzan a secarse. Ya sin tiempo por sus años, para buscar y encontrar otro incauto enamorado que responda a sus caricias o se deje engañar por sus intrigas, morirá. Pero no sin antes verse a sí misma fenecer tal como le hizo a su soporte. Que triste final para el amor que ese árbol le ofreciera. Amor nacido bello. Que historia tan frecuente, tan repetida, tan vegetal y tan humana.

 

Qué bueno sería para todos, si ese árbol por alguna circunstancia conservase todavía vida en sus raíces y él renaciera…, una vez libre de la enredadera. Mientras ella muerta como consecuencia de su parasitismo, desapareciera, ya incapaz de dañar de nuevo.

 

¿Sería ese árbol capaz de dejarse abrazar por otra planta, sea orquídea o enredadera?

 

¿Cómo distinguir una caricia de la otra?

 

¿Se atrevería a desechar la enredadera a favor de la orquídea?

 

O perdida la confianza en el abrazo, preferiría quizá mantenerse sólo, incólume, vibrante y viril, vivo para disfrutar del aire montañero, de los besos de la neblina y de la visión de aquella ciudad que día a día se acerca mas a él, jamás nuevamente herido por la afilada espada que el amor guarda bajo su vistoso plumaje.

 

Incongruencia vital..., que el amor hiera. Que el amor aísle.

 

Ojala la providencia le deparase una orquídea.

 

Cattleya

 

 

Ojala la providencia le deparase una orquídea.

 

  

 “Cualquier forma de amor que encuentres, vívelo”.

                                                              Anaïs Nin

 

Nihil est sine ratione
"Nada ocurre sin motivo"

                                 Gottfried Wilhelm von Leibniz

 

“Una vida sin examen propio y ajeno no merece ser vivida”.

                                                                 Sócrates

  

 

 

 
   
 
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